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Cuentos con moraleja: "El pincel rebelde"

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pincelrebelde

Había una vez un pincel que era la admiración de todos los demás lápices, pinceles y carboncillos, puesto que con él habían sido pintados los cuadros más hermosos que habían salido de ese taller. Cuando el pintor tenía que realizar una obra de calidad o un trabajo muy importante, siempre acudía a él, puesto que sus suaves cerdas eran las que más finos y delicados trazos dibujaban sobre el lienzo, y le daban un toque especial a cada detalle de la obra. Esto llenaba de orgullo a nuestro amiguito, que solía pasearse orondo por el taller, mirando por encima del hombro a los demás útiles de dibujo, puesto que sabía que él era el mejor. Todas las fibras y acuarelas del taller suspiraban por el galán.

Cierto día, un viejo plumín de tinta china, envidioso porque nuestro amiguito era el centro de la atención femenina del taller, sembró en él una inquietante cizaña. Le dijo:

—¿Tú te crees muy bueno? Pues lamento informarte que tú solo no vales nada. Jamás decides tú qué es lo que pintarás, o qué colores utilizarás, sino que eres un miserable esclavo del pintor que es quien te usa como a él se le da la gana.

 Esto inquietó al pincelito. ¿Sería verdad lo que el plumín había dicho? ¡No! El pintor era bueno… Pero… si era así, ¿qué derecho tenía el pintor de hacer con él lo que quisiera? ¡El pincelito era el que se ensuciaba y el que se desgastaba al raspar contra el lienzo. ¿Por qué había de llevarse los laureles el pintor? La sombra de esta incomodidad quedó flotando en el ánimo del pincel…

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Cuentos con moraleja: "Entender los mensajes de la Divina Providencia"

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tren de vaporp

Sucedió en octubre de 1928. El expreso del Pacífico había salido tres horas antes de la estación de Chicago, y en medio de un terrible temporal de lluvia y viento atravesaba la región próxima al Mississippi. Al llegar la noche, la visibilidad era nula y el potente haz de luz del faro de la locomotora se estrellaba contra la espesa niebla.

De pronto el fogonero una extraña y enorme sombra se agitaba junto a la vía y entre la niebla iluminada. Era algo inexplicable, que jamás había visto, pero que él interpretó como señales desesperadas de alguien que intentaba detener el tren. El maquinista se burló de las visiones del fogonero, pero éste, en un arrebato, manipuló la palanca del freno y el tren se detuvo con una fuerte sacudida.

Maquinista y fogonero bajaron a la vía para efectuar un reconocimiento, e instantes después con una carcajada, el maquinista señaló una pequeña mariposa que se había introducido por una ranura tras el cristal del faro delantero. Las alas del insecto, al proyectarse, aumentadas, como en una pantalla cinematográfica, es decir, sobre el fondo blanquecino de la niebla, fue lo que dieron al fogonero la errónea visión de una sombra que agitaba los brazos para detener el tren. El pobre fogonero bajó la cabeza avergonzado. Sabía que aquel acto impulsivo iba a costarle una dura sanción y tal vez la pérdida del empleo.

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Cuentos con moraleja: "El poder curativo del bigote del león"

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caraleonpeq

Volvió de la guerra con gran alegría de su mujer. Pero no era ya el mismo. Se pasaba el día sentado, la mirada perdida, brusco, sin sonreír, sin contar nada. La esposa buscó al brujo del poblado. Le expuso el caso y pidió algo que curase a su marido.

El brujo le dijo:

—Sí, lo haré, pero necesito un pelo del bigote de un león.

Ella regresó asustada a casa, pero decidió salir en busca del terrible animal. Cuando lo divisó quedó paralizada del miedo, pero el león huyó. Ella salía a la selva cada atardecer: siempre esperaba inmóvil pero cada día se aproximaba algo más. Hasta que por fin, acostumbrado el animal, se acercó y ella le dio un poco de leche. Así una y otra vez, con diferentes “regalos”.

Un día se aventuró a tocarle y el animal no huyó, ronroneando de placer por la caricia.

—Necesito algo de ti pero no deseo hacerte daño —le susurró la mujer cuando ya resultaba cercano y amigo.

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Cuentos con moraleja: "El pueblo que desapareció bajo las aguas"

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Banaue

Hace ya mucho, pero que mucho tiempo, había un misionero en Filipinas destinado a cuidar de los cristianos de varios pueblecitos. Para hablarles del amor de Dios y de los caminos que a veces utilizaba para enseñarles, solía inventarse cuentos sencillos como éste, cargados de una profunda moraleja.

Había en las costas de Filipinas a mediados del siglo XX un pequeño pueblo llamado Hinuatán lleno de pescadores y campesinos bastante descreídos. Sus gentes vivían de la pesca y del arroz que cultivaban en los arrozales de las laderas de las montañas cercanas al pueblo.

Casi en lo alto de la montaña que miraba al pueblo y al mar vivía un anciano con su nieto. Desde allí contemplaban el ir y venir de los pescadores con sus barcas y de los campesinos cuando iban a sus arrozales. Conocían y amaban a todos los vecinos y a éstos les gustaba saber que, desde la altura, el abuelo velaba por ellos con afecto.

Un día, estando ya el arroz casi maduro y las rubias espigas balanceándose al viento y al sol, el abuelo oteaba a lo lejos preocupado. Había percibido algo extraño. A lo lejos se levantaba una gigantesca cortina de agua, como si el mar y el cielo se hubiesen unido. El abuelo se puso la mano en la frente, a modo de visera, para observar mejor. Al cabo de unos instantes, se volvió hacia la casa y gritó:

— ¡Juan! vete al fuego y trae dos tizones encendidos! ¡Corre!

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Cuentos con moraleja: "La devoción a la Virgen le salvó la vida"

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maríapeq

Una de las cantigas de Alfonso X el Sabio dice así:

Había en Toulouse un conde muy apreciado que tenía por criado a un hombre que hacía una vida como la de un religioso. Entre otros muchos bienes que este criado hacía, amaba más que nada a Santa María, de forma que no quería Oír otra Misa sino la suya. Otros criados que con él andaban le tenían envidia, y procuraban enemistarlo con el conde. Y tanto hablaron con el conde, y de tales cosas le acusaron al hombre, que el conde mandó darle una muerte dolorosa.

Y para que no se supiese qué clase de muerte le iba a dar, el conde mandó llamar presto a un calero, (encargado de hacer hornos de cal) y le mandó encender un gran horno, de leña muy gruesa, pero que no hiciese mucho humo. Y le mandó que, al primer hombre de los suyos que llegara, lo cogiese enseguida y sin demora lo echase al horno, para que ardiese allí su carne.

Al otro día, el conde mandó a su criado calumniado que fuese donde el calero a preguntarle si había hecho lo que le había mandado. Y el criado salió hacía la casa del calero, y cuando ya estaba terminando su viaje, halló una ermita que estaba solitaria, donde celebraban la Misa de Santa María, la Virgen preciosa. Y tan pronto como entró en la iglesia, se dijo:

—Esta Misa, la oiré toda, para que Dios me guarde de peleas y de intrigas vanas y revoltosas.

Mientras él oía la misa, bien cantada, supuso e! conde que el criado había hecho ya lo que le había ordenado, y sin tardanza envió a otro hombre, natural de Toulouse, y era aquel que había armado la intriga, de punta a cabo. Y le dijo el conde:

—Vete corriendo, y comprueba si hizo el calero la hermosa justicia.

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Cuentos con moraleja: "El sufrimiento de una espiga"

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Hace unos días cayó en mis manos este maravilloso cuento que, sin conocer su autor, ahora les transmito.

En un trigal, cuyas mieses el sol iba dorando a sus fueros, una espiga arrogante crecía muy cargada de hechizos y ensueños. Era esbelta, gallarda y tan buena, que todo su empeño lo cifraba en crecer y adentrarse en la gloria del Cielo.

El Señor, que sus sueños sabía, la miraba benigno y risueño y firmes promesas le hacía, de atraerla algún día a su Seno. Y la espiga  soñaba y crecía…, y esperando alcanzar sus anhelos, se pasaba las horas jugando en el dulce columpio del viento.

Una tarde muy larga de estío, presentose en el campo un labriego, que con hoz despiadada y  cortante  fue segando el precioso  terreno. Y alarmada decía:

¡A mí no! ¡A mí no!, -la inocente espiguita del cuento.

—¡A mí no!Porque estoy designada para alzarme con mi tallo hasta el Cielo.

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