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Cuentos con moraleja: "El sufrimiento de Kimba"

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manada de elefantes

Kimba era uno de los elefantes más grandes que había en el Serengeti (Tanzania). Como era el más sabio y el más fuerte, todos lo habían elegido como jefe de la manada.

Kimba siempre estaba atento a cualquier peligro que pudiera aparecer. Conducía la manada a los mejores prados, donde estaban las hierbas más jugosas y las ramas más tiernas. Cuando hacía mucho calor, los llevaba a las mejores charcas de agua y allí bebían y se bañaban llenos de gozo y parsimonia.

Por la noche, era Kimba el que hacía la guardia para que todos pudieran dormir con seguridad. Si surgía algún problema, todos miraban a Kimba; y su serenidad daba tranquilidad a toda la manada. Aunque a decir verdad, había un peligro que a todos aterrorizaba: el hombre blanco. Si algún día llegaban a descubrirles, no dudarían en matarlos para arrancarles sus valiosos colmillos de marfil.

Kimba, día y noche, no dejaba de vigilar. Y siempre que olía la presencia del hombre blanco, conducía la manada a lugar seguro.

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Cuentos con moraleja: "La última golondrina"

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golondrinap

Una golondrina llegó tarde a la cita otoñal. Sus hermanas ya habían partido buscando un clima más templado. ¿Qué hacer? Se lanzó al mar ella sola. El sol brillaba con fuerza. No se divisaba ninguna nave donde poder descansar por unos minutos..

Después de varias horas le faltó el ánimo y decidió dejarse caer al agua y así morir.

En ese momento vio otra golondrina que planeaba casi a ras de mar en su misma dirección. Se alegró y, sacando fuerzas de flaqueza luchó para no caer muerta.

Cada vez que se sentía cansada, miraba a su fiel compañera, que la seguía en toda su evolución, y de esta manera volaba con más fuerza.

Llegó la noche y la golondrina amiga desapareció, pero la meta estaba ya muy cercana.

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Cuentos con moraleja: "El amor de la tía Purita"

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familia

Hace años conocí a una mujer muy especial: “la tía Purita”. Era una mujer enormemente sacrificada y alegre. Siempre tenía la sonrisa en la boca, y parecía que no tenía que hacer ningún esfuerzo, cuando de ayudar a los demás se trataba.

Recuerdo que hacía pocos años se había hecho cargo de cinco niños pequeños y del padre de éstos, que era al mismo tiempo su cuñado, cuando una leucemia arrebató a la joven madre y esposa.

Entonces la tía Purita, que estudiaba el último año de medicina y tenía un novio con el que estaba a punto de casarse, abandonó todo para encargarse de aquella patulea y de su cuñado desarbolado por la situación. Dejó su vida, dejó su futuro, puso de lado su amor, y se entregó a otro amor menos personal y más sacrificado.

Recuerdo que había en aquella mujer algo que me desconcertaba; una extraña mezcla de cariño y distancia. Se volcaba en atender a sus sobrinos, pero guardaba siempre una especie de distancia, que hacía que se la amase siempre con “reparos”. Para muchos del pueblo pasó a ser una solterona con buen corazón.

Tuvieron que pasar muchos años y tuve que ser yo ya sacerdote para que un día me confesase que era sincera a la hora de querer y hacía de actriz al mantener la distancia. Porque -me explicó ella:

—Una tía debe suplir a una madre pero nunca sustituirla.

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Cuentos con moraleja: "La semilla más pequeña"

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Eran los tiempos de nuestro Señor Jesucristo. Un labrador sudoroso, tomó un puñado de semillas y las arrojó a los surcos de su campo. Los granos de trigo ocuparon sus lugares, conscientes de su importancia para los hombres. Pero entre ellos se había infiltrado un diminuto grano oscuro.

—¡Quítate de aquí, enano!— le gritó una semilla de trigo sobre la que había caído el grano negro.

Y una carcajada recorrió los campos que con el tiempo se convertirían en verdes trigales. Se burlaron de su pequeñez las amapolas y las hierbas que comenzaron a crecer junto a los granos de trigo. Y hasta se cruzaron apuestas sobre la altura que alcanzaría tan pequeña semilla… ¡tan pequeña era! Y un rastrojo de la anterior siembra juró que nunca había visto nada más pequeño y que no serviría para nada; es más, estropearía la belleza de los trigales.

La pobre semilla negra no se amilanó por las burlas. Había nacido para dar fruto, para transformarse y convertirse en algo valioso: no sabía en qué y para quién; pero debía cumplir su cometido. Y como para empezar no necesitaba demasiado espacio, se acurrucó en un pedacito de tierra. Pronto echó raíces. Aquel era un buen suelo, bien nutrido y húmedo.

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Cuentos con moraleja: "Mi Primera Comunión"

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Pedro era un niño católico de la Misión de Laguna Verde en Paraguay. En su aldea no había escuela católica por lo que tenía que ir andando todos los días a la escuela de un poblado vecino que distaba unos siete kilómetros de su casa. A él no le gustaba mucho ir, pues su maestro era un incrédulo que se esforzaba en arrancar la fe a los alumnos.

Una mañana, al pasar Pedro el puente que atraviesa el río que corre a las afueras de la aldea, percibió que las aguas habían subido debido a las últimas lluvias, lo que hacía presagiar una crecida repentina. Media hora más tarde llegó a la escuela.

Alrededor de las cuatro, terminadas las clases, Pedro volvió a su casa. Al atravesar el puente, vio que las aguas habían subido mucho más. Se sentó a la orilla del puente para ver pasar el agua y se puso a pensar en lo sucedido aquella mañana en la escuela:

--¡Qué cosa más triste tener un alma como la de mi maestro! ¡Aborrecer a Dios y las cosas santas! Pediré a Dios que le perdone cuando haga mi Primera Comunión. Mucho tiempo hacía que aspiraba a recibir a Jesús por primera vez.

Y, absorto en estas reflexiones, pasó bastante tiempo. Cuando volvió en sí, vio con espanto que las aguas habían alcanzado la altura del puente, y asustado, se fue corriendo hacia su casa.

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Cuentos con moraleja: "Consumirse por Cristo"

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Érase una vez una pequeña vela que vivió feliz su infancia, hasta que cierto día le entró curiosidad en saber para qué servía ese hilito negro y finito que sobresalía de su cabeza. Una vela vieja le dijo que ese era su “cabo” y que servía para ser “encendida”.

—Ser “encendida” ¿qué significará eso? — Dijo la vela.

La vela vieja también le dijo que era mejor que nunca lo supiese, porque era algo muy doloroso.

Nuestra pequeña vela, aunque no entendía de qué se trataba, y aun cuando le habían advertido que era algo doloroso, comenzó a soñar con ser encendida. Pronto, este sueño se convirtió en una obsesión. Hasta que por fin un día se dejó encender. Y nuestra vela se sintió feliz por ser luz que vence a las tinieblas y le da seguridad a los corazones de los hombres.

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